Imaginen … la humillación tramitada. XVIII.

Imaginen una empresa. Imaginen una reunión entre el director general y un cliente. Imaginen que el cliente hubiera traído a la reunión, impresos en papel, los resultados del negocio que uniera su camino y el de la empresa y que tales resultados no fueran satisfactorios. Imaginen ahora que la conversación fuera cada vez menos merecedora de tal nombre y que, tras interrupciones, gritos, llamadas a la calma y veladas ofensas varias, el cliente arrojara los folios que habría estado blandiendo como prueba en dirección al rostro del director general y que aquéllos los golpearan.

Imaginen que el director general creyera ser inadmisible tal reacción y, acabado el encuentro, narrara lo acontecido al presidente de la compañía. Como consecuencia, a propuesta y consejo del director, el presidente concluiría ser inevitable dar por terminada la relación con el cliente, sin importar el perjuicio económico de tal decisión.

O no. Imaginen que, pese al violento gesto actuado por el cliente, director y presidente no pensaran en finalizar el vínculo cliente-empresa: la apuesta económica lo desaconseja. Además, la reputación de buen hacer de la compañía podría resentirse.

Imaginen a continuación que tal empresa fuera un colegio, privado. Imaginen que el cliente fuera la familia de un alumno y de una alumna, y que el padre hubiera hecho golpear los papeles que contuvieran las calificaciones de su hijo e hija contra el rostro del director o directora. Y que, sin dar cabida a la duda, director o directora y presidente, tras la reunión, hubieran decidido mantener las relaciones con tal famillia.

La humillación es útilmente canalizada en aras de una finalidad esencial: el beneficio económico.

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Imaginen … conocer a Excelencia. XVII.

¿ Saben ? Le conocí. A Excelencia. Le, sí.

Ocurre que mi hábito lector de literatura en Griego Clásico me ha familiarizado con la representación: Guerra es un dios, Comedia es una musa. Se diría acaso que uno y otra comparten rasgos humanos … con los más sencillos seres humanos.

Así, relataré que yo aún desconocía la apariencia humana de Excelencia cuando fui citado a su presencia. Una de la tarde. Pero Excelencia parecía haber olvidado la invitación.

Esperé, no obstante. Dos horas después, escuché su inequívoco paso en la escalera que hasta la estancia donde me encontraba conducía. Penetró en ella, mas no reparó inmediatamente en mí. Recuerdo su aspecto: apelmazados los cabellos, la corbata curvada, lamparones de aceite sobre la camisa, abierto el cierre del pantalón , … Avanzaba hacia mí, aún sin descubrirme, mientras con la uña del dedo meñique de la mano derecha escarbaba entre los dientes en molesta busca de restos de comida que, después, con la lengua recogía y tragaba. Mecánicamente, como si de una costumbre se tratara.

Entonces me vio. Aparentando confusión por mi presencia, me saludó forzadamente y, tras un titubeo entre quejosos hipos de ternera estofada, recordó la cita. Es cierto que se disculpó. Adivinó y adivinó bien que yo no había probado todavía vianda digna de llamarse alimento y me ofreció una bebida con gas. Mas no sé recordar cuanto aconteciera después, transido de asombro ante la revelación: Excelencia, como Guerra, como Comedia, encarna forma humana y camina entre nosotros y nosotras.

Desde entonces, prócer, Excelencia ocupa una hornacina en mi panteón; ha encontrado y elegido a Desvergüenza como compañera. Observándolos, se diría descubrir la medida y el orden de Occidente.

Imaginen … hablar pero dictar. XVI.

Atardecer. Imaginen un vehículo, en movimiento. De una plaza saliendo y a otra llegando. En su interior, dos hombres. Uno de ellos – conductor -, impartiendo una no suficientemente agradecida clase de Administración de Empresas; a su lado, su empleado – largo el pelo, discretas las maneras -, memorizando palabras como si dictadas fueran:

– En realidad, una empresa es como un hijo … De puertas para adentro, tendremos con nuestro hijo todos los problemas y las decepciones imaginables; de puertas para afuera, cuando nos pregunten, nuestro hijo es una bendición, un motivo de orgullo …

El empleado recordaría la decidida expresión o rostro del empleador, iluminado como si cara al sol hablara.

Imaginen que tal empresa fuera un colegio. Llamado privado. Imaginen un hijo, clasificado en números rojos.

Las flores del fuego – Efugio.

Efugio.

George C. de Lantenac.

El hombre había huido. No sus compañeros, caídos en la emboscada de las bayonetas. Quienes la planearan aún inadvertían su móvil presencia, tras él ahora. Apenas un rumor, que hojas o ramas dentro del viento podría aventurarse que produjeran.

En su tránsito de regreso, el hombre halló favorables las ruinas de la fortaleza que antes considerara equívocas. Escaleras, pasillos, celdas. Entonces, por vez primera, una voz. El eco del abandonado lugar la traía cerca. Recorrió las resbaladizas piedras hasta que unos barrotes y su postrera oscuridad invitaron una seguridad. A través de los hierros cruzó; lo que acaso creyó ropas amontonadas le sirvió para junto a ellas disponer otra emborronada apariencia.

Voz otra vez. Aunque no ya eco.

Lo mataron, la sien escrupulosamente ahondada. El soldado no lo supo. Creyó despertar, haber dormido. Pero la vela correspodía ahora a su espectro, que sí iba a dormir y a soñar. Su resto muerto allí permanecería, inatendido. En el sueño de la realidad, siempre escapaba arteramente de los hombres que le persiguieran y la guerra había conmovido un triunfo para su bando y en el hogar anhelado le cubría la honra de sus pares.

Sólo recelaba del despertar, que nombraba como el sueño de la estancia en un calabozo donde todo estaba siempre quieto y sin tiempo.

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Efugio
es un texto narrativo breve escrito por George C. de Lantenac, incluido en la obra Las flores del fuego y traducido al Español por Albert Sans – Copyright -.