Las flores del fuego – Efugio.

Efugio.

George C. de Lantenac.

El hombre había huido. No sus compañeros, caídos en la emboscada de las bayonetas. Quienes la planearan aún inadvertían su móvil presencia, tras él ahora. Apenas un rumor, que hojas o ramas dentro del viento podría aventurarse que produjeran.

En su tránsito de regreso, el hombre halló favorables las ruinas de la fortaleza que antes considerara equívocas. Escaleras, pasillos, celdas. Entonces, por vez primera, una voz. El eco del abandonado lugar la traía cerca. Recorrió las resbaladizas piedras hasta que unos barrotes y su postrera oscuridad invitaron una seguridad. A través de los hierros cruzó; lo que acaso creyó ropas amontonadas le sirvió para junto a ellas disponer otra emborronada apariencia.

Voz otra vez. Aunque no ya eco.

Lo mataron, la sien escrupulosamente ahondada. El soldado no lo supo. Creyó despertar, haber dormido. Pero la vela correspodía ahora a su espectro, que sí iba a dormir y a soñar. Su resto muerto allí permanecería, inatendido. En el sueño de la realidad, siempre escapaba arteramente de los hombres que le persiguieran y la guerra había conmovido un triunfo para su bando y en el hogar anhelado le cubría la honra de sus pares.

Sólo recelaba del despertar, que nombraba como el sueño de la estancia en un calabozo donde todo estaba siempre quieto y sin tiempo.

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Efugio
es un texto narrativo breve escrito por George C. de Lantenac, incluido en la obra Las flores del fuego y traducido al Español por Albert Sans – Copyright -.

Imaginen … la culpa. XV.

Imaginen un despacho, digamos que en un centro que llegara a calificarse de educativo. Y de privado. En él, imaginen una reunión de varios responsables educativos, profesionalmente enmarañados en la búsqueda de una estrategia pedagógica que condujera a solventar los inconvenientes que uno de los estudiantes – clientes – de tal centro estuviera padeciendo o/y creando. Imaginen ahora que no se alcanzara un sostenible acuerdo. Y que entonces, tras una pausa que no fuera prolongada, pero que prolongada se percibiera, uno de los responsables educativos propusiera:

– ¿ Y SI LO METO EN EL DESPACHO Y LE HAGO LLORAR ?

Imaginen una estrategia pedagógica de culpabilidad. Imaginen la tara inmarcesible del dolor como asumido merecimiento.

Imaginen … decidir habitar la penumbra. XIV.

Imaginen una empresa. Imaginen que esta empresa pusiera a disposición de los usuarios y usuarias de internet una página web que informara de los servicios que ofrecen; que tales servicios estuvieran avalados por unos profesionales y que sus currículums aparecieran junto a su nombre y cargo y área. Imaginen que los posibles clientes, entonces, desearan entrevistarse con aquellos profesionales en la posibilidad de comenzar una colaboración cuya base y fuente comienza en el dinero del cliente y en la reputación de los trabajadores de la empresa y, por extensión, de la empresa misma.

Imaginen ahora que tal información no fuera ofrecida en la página web, que quien pudiera ser cliente optara por confiar en la reputación de la empresa sin tener una pública declaración de calidad – como tal, expuesta a valoración externa – y decidiera así entregarles su dinero. Acaso fuera temeraria la acción. Pero sería dinero sólo.

Imaginen ahora que esa empresa fuera un colegio. Digamos que privado. Imaginen que su página web no sólo no mostrara a todos sus empleados y sus respectivos cargos y áreas de trabajo, sino que no tuviera rastro de currículum alguno. Imaginen que, no obstante, en la página web aparecieran las palabras: somos insuperables en cuanto a la calidad de nuestros recursos humanos. Pero ni huella de la prueba. O de su referencia. Mas, en este caso, no sería sólo una cantidad de dinero la que se depositaría … sería también un hijo, una hija. En la sombra diaria de desconocidos, por supuesto personales, pero también respecto a su cualidad profesional.

Si cualidad. Si profesional.
Sombra o penumbra, confiar en lo atisbado en la escasa luz y entregarles lo más preciado. A menos que no sea tal, que sólo quiera cumplirse con la regla de la reputación. Como todas, falsa. Entonces se hace de aquella sombra, cómplice prolongación de la propia. En ambos casos, se elige ignorar los relámpagos brevemente iluminadores. Pues de ellos se es igualmente cómplice.

Pero imaginen, no obstante: puede tardar en mostrarse, pero siempre aparece el rayo. Y entonces la complicidad es una acusación como una mala conciencia.

Como una hija o un hijo apostados a una carta. 

Las flores del fuego – Talla de labios.

 

Talla de labios.

 

Método o eficacia, era tu sonrisa una responsabilidad imposible. Sólo un rastro que al miedo se encadenaba y que se traza en destellos.

Víspera de dentellada.

 

George C. de Lantenac.

Fragmento perteneciente a la obra Las flores del fuego. Traducción del Inglés: Albert Sans.

 

Para más información sobre George C. de Lantenac, puede visitarse la página web: albertsans.es

 

Puede descargarse una obra de George C. de Lantenac, de forma gratuita, en los siguientes enlaces:

bubok.es/libros/170282/George-C-de-Lantenac

espanol.free-ebooks.net/ebook/George-C-de-Lantenac