Imaginen … la excelencia del proyecto de un producto. II. XXXVI.

Imaginen una empresa. Imaginen que, cada año, tomara en sus manos el compromiso de cientos de proyectos cuyo resultado habría de ser cientos de productos finalizados con el éxito que su publicidad augurara: excelencia. Por los métodos. Por los profesionales.

Imaginen ahora que, digamos, veinte entre doscientos proyectos fueran acabados satisfactoriamente. Que ciento ochenta productos no hubieran podido ser entregados y que, no obstante, tal empresa porfiara en la magia de una palabra: excelencia. En los métodos. De los profesionales.

Pero se habría producido un fracaso de ciento ochenta proyectos. Sin embargo, la excelencia impediría a métodos y profesionales ser las causas. Imaginen a esa empresa enunciando el siguiente juicio predeterminado: los clientes son las causas del fracaso.

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Imaginen ahora que tal empresa fuera un centro privado legalmente dedicado a lo educativo. Imaginen que niñas y niños fueran los proyectos y los productos de una excelencia pedagógica. Un proyecto de quince años, por ejemplo. Y que, digamos, veinte entre dos centenares de niñas y niños, fueran, sólo, los exitosos productos anunciados.

Pero se habría producido un fracaso de ciento ochenta niñas y niños. Sin embargo, la excelencia impediría a métodos y profesionales ser las causas. Imaginen a ese colegio privado enunciando el siguiente juicio predeterminado: las niñas y los niños son las causas del fracaso.

Finalmente, no les pido que imaginen, mas que intenten sentir una humillación: madres y padres arrostrados con la conclusión de que, puesto que el centro educativo definiría la excelencia, sus hijas e hijos estarían fuera o lejos de su alcance e influencia. No serían aptos. No serían válidos.

– Pero se comprometieron … nos dieron su palabra … Proyectos individualizados, nos dijeron …

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Imaginen … la excelencia del proyecto de un producto. I. XXXV.

Imaginen una empresa cuya publicidad orara con las siguientes palabras:

Somos una empresa cuya vasta experiencia en el sector ha dejado a miles de clientes insatisfechos dada la bajeza de nuestros métodos y la mediocridad de nuestros profesionales.

No se deje engañar por otras empresas. Acuda a nosotros, tras treinta años intentando desarrollar proyectos, créannos, peor no podemos hacerlo.

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Imaginen una empresa que se publicitara como menos que excelente.

Imaginen … un anciano muerto dentro de un ataúd para un bebé. XXXIV.

Imaginen a un niño. Imaginen a un niño que, tras pocos años de vida, fuera recluido en un espacio entre cuyos muros se maleara su cognición por quienes tendrían tal tarea entre su retribuidas atribuciones. Imaginen que, tras muchos años entre aquellos muros, al ya chico le fuera dado dejar ese espacio y que, aunque efectivamente lo abandonara, sólo fuera brevemente; que el posterior hombre no dudara en solicitar regresar a su interior pasados unos años, en el anhelo de ser, entonces, maleador de congnición. Imaginen que allí continuara, casi cuarenta años después de la reclusión primera.

Imaginen ser capaces de contabilizar el número de años que el niño, el chico y el hombre han habitado en el interior de los muros.

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Imaginen ahora que hablara de un hombre de más de cuarenta años de edad que, tras permanecer quince años en un centro educativo, privado, lo abandonara para cursar unos estudios que, apenas tres años después, le devolvieran a aquel centro para desarrollar una labor descrita como pedagógica. Hasta hoy, no importa cuándo lean ustedes este texto.

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Imaginen detestar haber nacido, pero obstinarse en vivir, no obstante. Imaginen mentirse ocupar otra placenta donde poder fingir no respirar, la falta de mácula, de dolor. Donde fingir protección. Pero imaginen que mácula y dolor le alcanzaran y que negarlos adensara el medio donde suspendido no respirara, reforzando los muros que lo contienen.

Piedad, desde fuera, hacia ese hombre: nació y su recuerdo ha de resultar el de un bebé que no gritó cuando fue palmeado y no tardó en llenar un ataúd que llenó un nicho temprano. Imaginen, así, que hubiera triunfado en su propósito: que no hubiera nacido.

Joachim Schwabing – La oscuridad y sus lobos.

 

La oscuridad y sus lobos.

 

Ascendía por las escaleras sosteniendo la última caja entre las palmas de las manos. Pensó en un color. Alcanzó la entreabierta puerta del apartamento, cruzó su umbral y la empujó tras de sí sin dejar de caminar. De vuelta en la habitación, recordó el color y lo desechó. Observó las cajas apiladas contra las paredes. Apenas se puso de puntillas para alcanzar el vacío rectangular que la nueva caja llenaría. Vacía también. No la única, mas sí la última.

Se tendió en el suelo entre las elevaciones de madera. Una paciencia imaginó aquella variación cromática en la cual se complicaba la nueva caja, como si pensada. Giraba la cabeza entre una y otra pared. Las cajas contenían cuanto hubiera ocupado esas habitaciones que ya resonaban huecas o resonantes a la voz, a los pasos. También todo aquello que no vistiera en esas horas pertenecía ya a las cajas. Los gendarmes aún tardarían en llegar para pretender detenerla, primero, y arrojarla a las calles, después.

Desde el suelo, observando cada caja, procuró recordar contenidos. Erraría, mas no lo supo; la certeza fue la consecuencia última y la causa primera de aquella disposición o sistema. Aquél por quien se había inclinado a iluminar el desamparo de lo deshumano, había impuesto no conservar lo recibido, lo producido, lo logrado en el tiempo de esa coexistencia que tanto había tardado en agotarse. Cuando los gendarmes penetraran en el apartamento y la llamaran y la encontraran, ella no se pondría en pie y se dejaría prender y respondería a preguntas si preguntas se producían. La orden impresa se adhería a la puerta de entrada de ese espacio donde alguna vez reverberara la risa incompleta de una niña. Una copia de esa orden conservaba ella en un bolsillo.

Fueron las horas contadas y los gendarmes aparecieron y la llamaron y la encontraron; imaginando la autoridad que no podían poseer, la pusieron en pie y sus muñecas sujetaron a su espalda. No agotaron el asombro en las palabras de los comentarios sobre la escena de la casa vaciada y de la habitación del castillo de piezas de colores. No preguntaron; no obstante, ella respondió que una niña jugaba a ser la princesa de ese castillo. No alcanzaron el cuidado porque no calcularon el tiempo verbal. Ahítos de presencias, fue así que no repararon en otras preguntas.

La llevaron fuera. Fuera deshicieron la breve captura, fuera la abandonaron, o la conminaron, y fuera se alejó.

Volvieron a buscarla, sin embargo; la hallaron, cerca, entre los árboles y contra uno de ellos encogida. Como en espera. También en espera la encerraron. En la celda escasa se cumplió la dilación en la aparición de aquél por quien se había inclinado a iluminar el desamparo de lo deshumano. Preguntaría por la niña que había reverberado su risa en aquel espacio sellado aún por una orden en papel.

 

– No está con tus padres.

 

– No.

 

¿ Dónde está ?

 

– En el castillo. En sus aposentos, donde las princesas se guardan de la oscuridad y sus lobos.

 

Y dentro de una de las piezas del castillo de colores encontraron a la princesa. Envuelta en un vestido real, blandamente amortajada en su propio vómito. Y la mujer iluminada por el desamparo de lo deshumano fue recluida para no volver a caminar fuera de una cárcel y de su hospital. Porque unas solicitud recibió de no conservar lo recibido, lo producido, lo logrado. Porque todo lo entregó. Porque fue señalada responsable de la ingestión del veneno por quienes creían en la individualidad de los actos, de las acciones. O en su discontinuidad. Por quienes creían en que el amparo no es una poética. Pero nadie está a salvo de esa otra poética del desamparo: la venganza o el rencor existieron nombrados para así clasificar a la mujer tan sólo, pues donde todo se corresponde en una determinación, todo se precisa en todo.

 

La matemática entregó la cuenta exacta de una solicitud. Otra matemática fue el reproche de la cárcel y del hospital. Sola injusticia.

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© Protegido.

Imaginen … esta hostia. XXXIII.

Imaginen una empresa. Imaginen que tuviera una presidenta la cual, cuando fuera preguntada por cuál sería el objetivo de éxito de su institución, afirmara:

– Querría el mismo éxito que el de la Iglesia Católica … una empresa con dos mil años de historia.

Imaginen la ambición.

Y la astucia.

En esa respuesta se recogería la idea de la fe: la presidenta parecería creer en que el éxito de una empresa depende de la fidelización de una clientela que es creyente en un producto. Ahora imaginen que, a continuación, la presidenta señalara las infecciones que han hecho de aquella Iglesia Católica motivo moral de repudio o burla – no siendo la menor de ellas la de sus miembros -.

Mas, ¿ y si la empresa de esa presidenta fuera un colegio privado ? Imaginen. Se diría que tal presidenta anhela el éxito de la fe, de la religión que covierte en defensora a su parroquia. Al tiempo, las aladas palabras sobre la moralidad de la Iglesia Católica y sus miembros serían la manifestación de la competencia de mercado y de un reconocimiento: mi colegio privado es una empresa, aunque en otros términos se publicite. También, dada su experiencia en el descubrimiento y visión de las infecciones ajenas, la presidenta sería capaz de reconocer a los infectados miembros de su plantilla. No obstante, como en la empresa Iglesia Católica, la corrupción de su propia mantendría su economía. Y entonces se vigilaría … para obviarla.

Así, una presidenta o una directora de almas, a cambio de un diezmo voluntario. Dejen que los niños vengan a mí. Y a la vista de sus progenitores, que hasta allí los han conducido, sacrificados en el altar de la fe económica: tal mi inversión, tales mis beneficios. Sería el triunfo de la creencia en un más allá de gracia … laboral. Paraíso cuya promesa bastaría a los progenitores porque la esperanza y su realidad habrían sido infectadas por otras iglesias que harían de lo económico el depósito material de la bienaventuranza inmaterial.

Hermanos y hermanas en la fe de otros cielos propicios: he aquí vuestra hostia.

Joachim Schwabing – Fin de tedio.

 

Fin de tedio.

 

Estimado Señor.

 

Me dirijo a usted en la seguridad de que va a recordarme.

No conocimos en la Estación Principal del Este, hace sólo unos días. Usted tomaría el mismo tren que yo y su destino sería la misma ciudad desde donde remito urgentemente las presentes palabras. Soy el viajero de la gabardina, a quien usted se dirigió interesado en el motivo de vestirla en un compartimento donde claramente no hacía frío. Estaba usted en lo cierto, la vestía mas no hacía frío. Le sonreí como respuesta y usted entendió – y entendió bien – que yo recibí su asalto afablemente; creo que fue por ésta mi reacción que usted aceptaría grata mi presencia.

Durante las siguientes horas, usted y yo intercambiamos pareceres primero, complicidades después y, finalmente, sucesos y ocasiones de nuestras respectivas biografías. Pero sólo usted compartió impresiones respecto a estas últimas. Su esposa, su hija, una vez disipada la emoción de la novedad, alargaban sus días en tedio; ambas acumulaban sobre su paciencia anécdotas cuyas previsibles historias sólo variaban nombres y lugares y tiempos. El hastío calmaba su punción cuando usted o ellas partían y se separaban; la sola imagen del regreso a su compañía la traían de vuelta. Cuando nos despedimos en la estación, un apretón de manos significó un compromiso. El mío. Su petición había resonado clara.

Esperé a que usted pudiera dejar de verme y le seguí. Me deshice de mis ropas identitarias y le seguí. Unos días. Sus relatos confirmaron sus rutinas.

No hace mucho que he dejado su casa. Su esposa y su hija me han abierto la puerta y, confiadas en una expresión de amistad falsamente confirmada en ciertos detalles que de usted he dado, me han dejado pasar. Le he rogado a su esposa que le llamara a usted por teléfono para comunicar mi visita; cuando se ha girado hacia el teléfono, he golpeado a su hija en la cara y se ha desmayado. Su esposa, al escuchar el ruido, se ha girado de nuevo hacia mí y también he tenido que reducirla. Ninguna ha gritado. Nadie lo ha oído.

Su esposa yace en el dormitorio. Su hija, en la bañera del aseo común. Aquélla está amordazada y atada a los maderos de la cama. Le falta un ojo; no ha sangrado mucho, pero su aspecto es aparatoso. El ojo está ocultado en la casa. Está desvanecida; no ha vuelto en sí siquiera cuando he grabado unas palabras en sus mejillas. En cuanto a su hija, no tiene posibilidad de moverse o gritar en la bañera; ya averiguará usted por qué. El agua de los grifos corre sin pausa, pero no rápidamente. He taponado el desagüe, de modo que la niña se ahogará o no, dependiendo del tiempo que usted tarde en llegar al apartamento.

En adelante, se acabó el tedio. Desde este instante. La visión de su mujer y de su hija, marcadas y mutiladas por un amistoso desconocido, acaso la visión de su hija muerta, hará perdurar en sus días la aprensión que ya ha brotado en usted, visión que ya ha comenzado a ser un recuerdo y su emoción. El sufrimiento es enemigo de la apatía. Espero que dificulte su sueño. Espero que también lo consiga cada imagen de y cada palabra hablada con este desconocido del tren a quien usted halagó con su atención. Y esta carta. Además, se confirmará la bondad del propósito de estos mis actos si usted decide buscarme, a lo cual le animo. Comience buscando el ojo de su esposa, acaso haya yo cometido el error de dejar algún testimonio que permita rastrearme. Lo que es probable.

Sin otro particular, me despido, deseando que no esté leyendo esta última línea y haya salido al hallazgo de su familia.

 

Atentamente.

Su querido servidor.

 

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© Protegido.