Hermano.


Hermano.

 Caminaba junto a mi compañera por la acera. Yo sujetaba el teléfono con varios dedos de mi mano derecha mientras ella llevaba el suyo en un bolsillo del pantalón. Fue de pronto que escuchamos una voz que a mí se dirigía y acercaba y que me hizo girar la cabeza y ralentizar el paso para caminar al lado de su emisor:

– Hermano, no sostengas el teléfono tan despreocupadamente y tan cerca de la carretera. En esta ciudad, los jóvenes no saben ganarse la vida.

 No habló en el idioma que uso para escribir este texto. Le agradecí sus palabras y le observé alcanzar la altura de mi compañera – que tampoco había dejado de caminar – y superarla. Un hombre, no ya joven, pulcras las ropas. Tomó un callejón y en su penumbra ya no supe descubrirle.

 Conmovido – yo – fue la impresión de que brotaba una justificación – inmediata, diría, pues acaso buscada o esperada -: toda la porquería que mis ojos han visto en esta ciudad – en este país – ha aguardado la apelación de un hombre en la cual, si creyera en la memoria, afirmaría que se creó un recuerdo.

 Mi compañera se había detenido y me esperaba. En un bolsillo de mi pantalón el teléfono.

——

( … ) toda la porquería que mis ojos han visto es una traducción – espero – al Español de all the filth my eyes have seen, parte de un verso incluido en la canción For all compuesta e interpretada por el músico noruego Roy Khan.

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