Imaginen … el bicho humano. LXXXVI.

Acto LXXXVI – En tercera persona.

Si no supiera que sois apóstatas, no os habría ofrecido el sacerdocio. Profesión lo llama.

No olvidéis que ya os detestaba antes de conoceros. En privado, ahora, porque primero en público.

El bicho humano, nos llama.

 Imaginen …

Imaginen … la contingencia absoluta. LXXVIII.

En realidad, secuenciados los elementos plan de un crimen, ejecución de un crimen, investigación policial y justicia, la policía siempre aparece cuando ya se ha dado un cadáver. El viviente necesita, como verdad del diario quehacer, la seguridad de la justicia como verdad del diario quehacer. Parte del mecanismo, es la justicia una aspiración sólo. Y es la solidez de la aspiración aquella seguridad.

Si este mi cuerpo no ha aparecido, aún, sin pulso en una calle, es porque un plan no ha sido ejecutado. Mas puede serlo. Y entonces la policía aparecerá cuando sea puesta en aviso. Y la justicia habrá sido una aspiración que quien ha ejecutado el crimen ha secuenciado en primer lugar.

Imaginen

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Extraído de la obra Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth, de George C. de Lantenac, en traducción de Albert Sans. Su reproducción en este blog se hace con el consentimiento expreso del traductor, cuyos derechos de autor están registrados.

Imaginen … la visión y la misión. LXVII.

Esta historia tampoco la conocéis.

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 Recibí la llamada durante un viaje en tren; la voz me pedía que, por favor, comprara un árbol para el jardín do su empresa está sita.

 – Tu región es rica en viveros. 

 Pero continuó:

 – ¿ Sabes ? En la Odisea, Homero habla de las bayas que comían los lotófagos, …, y yo creo que son de ese árbol que te he pedido. Quiero plantarlo en la entrada, cerca del caminillo, a la izquierda, …

 Alcancé mi hogar; unos días después, me encontré en un vivero preguntando por el árbol de Homero. Unas semanas después, el árbol se plantaba en el jardín; de pie ante él, junto al hombre que solicitó la compra, inquirí aún. Hallen aquí el equilibrio de la manía: 

 – Las bayas que comían los lotófagos de Homero causan la pérdida de la memoria; los hombres de Odiseo que las probaron, olvidaron todo pasado y sólo deseaban quedarse allí hasta el final de sus días.

 Hallen aquí la visión y la misión.

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 Noten que he callado el nombre del árbol.

Imaginen … el señor de esas tierras. LXV.

 El señor de esas tierras, por Albert Sans.

                                                                

El señor de esas tierras gustaba de ostentar ser el noble que cazaba el mayor número de ciervos. El señor de esas tierras los hacía amontonar en el puente levadizo tendido sobre el foso para que la sangre de los cuerpos tiñera las aguas y condujeran así la nueva de la repetida hazaña.

No obstante.

Inadvertibles entre los troncos de los árboles, en el bosque frente al castillo, solían observar los ciervos exhibidos quienes los habían matado para el señor de esas tierras. Otra tradición del mismo señor les arrancaba la lengua. Finalmente, partían de regreso al poblado. Mas volverían. Para de nuevo cazar y de nuevo depositar los animales muertos donde acababa el bosque frente al castillo. Ya en el poblado, a sus habitantes alcanzaba el eco de los festejos del noble, preguntándose siempre, cada vez, cuál habría de ser la causa.

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El texto El señor de esas tierras fue escrito por Albert Sans tras compartir con él el siguiente párrafo – entonces borrador, ya texto definitivo –:

 Imaginen alumnos y alumnas de un centro privado, recurriendo a profesores y profesoras particulares, a academias de refuerzo escolar, para completar esa educación publicitada por el centro como personalizada, y que ese centro afirmara recoger una cosecha resultado de su solvencia.

Albert Sans – La casa en el valle.

 Texto inédito del escritor Albert Sans, La casa en el valle.

 Publicado en el blog albertsansblog.wordpress.com con su expresa aprobación; promocionado por mí en este blog por su obvio desconocimiento.

 Y ya que estoy …

Obras de Albert Sans aparecidas en bubok.es, español.free-e-books.net, lulu.com, albertsansblog.wordpress.com and albertsans.over-blog.com:

Los faros iluminaban

Andante moderato

Hostil 

George C. de Lantenac

Humedad y orín

Narración del tiempo

Cerrado

Corpus en exégesis trina

Imaginen … Memento mori. XLVIII.

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 Es un reconocimiento. El reloj. Veinticinco años. Son los años contados los eslabones. Es el reloj que os ha entregado el grillete. Y el trofeo. Pues es su triunfo el que os ha lanzado a la cara y ha mentido regalo. El tiempo ha sido vuestro regalo. Vosotros habéis entregado. Grillete o trofeo que no importa que ahora ajustéis a la muñeca: ya ha sido ajustado. Ha sido su poder; ha sido demiurgo porque le habéis dejado el mapa celeste para que trace vuestras constelaciones. Para que – finalidad cedida -. Es un reconocimiento: mi tiempo ha sido tuyo, tu tiempo ha sido mío. No hay alcohol que difiera este juicio.

 Miraos. Grises. Uniformemente grises; aunque cada vez seáis menos. Situados por encima del demiurgo; pero por detrás de él. Ficción de bondad de pirámide invertida. Algunos la conocéis. Esta imagen. Y hace varias fotos que no aparecéis. Más atrás, acaso. Esos algunos podrían creer que así niegan o rechazan; una dialéctica poco hábil establecería que es sólo afirmación lo que actuáis.

 Ni el lecho de muerte os pertenecerá. La protesta no os lo va a entregar ya. Vuestro lecho de muerte es suyo; quienes tal vez ya casi idos comiencen a añoraros, le mirarán a él, aunque no lo sepan. Porque no lo sabrán. Llorarán, seguro. Pero no por quien podría haber albergado la carne, sino por quien se reencarnó en vuestro tiempo. Aunque no lo sepan. Porque no lo sabrán. Quien allí percibirá la luz última será un ser en un lecho de muerte ajeno, mas sentido propio.

 Triunfo.

 

 

Joachim Schwabing – El código.

 

El código.

 

Desde la villa se podía observar el árbol y a su cuidador sobre la breve colina. Habitante a sus raíces, cuando los colonos llegaron al llano él ya estaba allí. Un muchacho entonces, el anciano disponía de frazadas y ropajes y utensilios para cocinar y comer muy desgastados por el uso. Para no incomodar a quienes habitaran la villa, siempre había bajado de noche al río a asearse; si bajaba de día, lo hacía para lavar ropas y utensilios, usando el jabón que le ofrecían las mujeres que allí solían encontrarse. Pues nunca había pedido nada. Ni comida. Cazaba. Los villanos se acostumbraron pronto a su presencia y a su existencia pulcra y pacífica.

Mas el muchacho que allí envejeció se había ocupado pronto en una tarea de vigilancia, aunque no hasta entonces de defensa.

El anciano fue un muchacho que fue un soldado. Antes de los colonos, allí frente a la colina, se forzó una batalla; el muchacho y su regimiento fueron derrotados. Él solo no participó en la consentida huida y un desconcierto le ahorcó de una rama del árbol solo de la colina. No se escuchó crujido del cuello alguno y los soldados enemigos partieron. Cuando se recuperó del desfallecimiento, el muchacho se agitó en la oscuridad y su miedo y la poco resistente cuerda le dejó caer sobre la tierra.

La guerra había terminado, el muchacho lo supo cuando los colonos comenzaron a llegar. Pero también él había sido derrotado en una batalla y honorablemente luchado y aceptado la ejecución.

En la espera de la llegada de quienes habrían de matarle, el anciano cuidaba el árbol. Aún soldado.

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