Imaginen … el escalofrío. CXI.


Empleados y empleadas del centro privado registran en línea valoraciones de cinco estrellas.

 Empleados y empleadas del centro privado – en él treinta años de hacendosa historia -, registran en línea valoraciones de cinco estrellas.

 Familiares de empleados y empleadas del centro privado registran en línea valoraciones de cinco estrellas.

 Uno de los empleados del centro privado, franquista de llavero y adhesivo, erige en línea una torre de vigilancia en la apariencia de una valoración de cinco estrellas.

 El mismo empleado del centro privado, franquista de llavero y adhesivo, fija en línea así, también, instrucciones en la apariencia de una valoración de cinco estrellas.

 Hay varias formas del terror en los párrafos anteriores.

 Escalofrío, ya en su pantalla amiga.

 Imaginen …

Imaginen … Athene noctua. CX.


Como el águila, el ave de Atenea es un ave rapaz. Atenea o sabiduría, mas Atenea o tácticas de guerra.

 El ave de Atenea es un emblema, como un águila pudiera serlo. Fiel, el emblema en el colegio privado la alude, así en la luz ocultada.

 Imaginen no creer ya en las coincidencias.

Imaginen … la disponibilidad. CVIII.


El docente decidió muy pronto que estaría siempre disponible para cualquier integrante del alumnado. Fue entonces que, diáfanamente, dio con un sistema para tal fin: dada la hedionda vehemente transpiración de sus axilas, dejaría de usar producto higiénico anti-odorante alguno para que, en la brisa, los y las estudiantes no tuvieran más que alzar sus aristocráticas narices, olfatear y descubrir por saturación, casi al instante, en qué parte de la finca se hallaba el profesor y allí dirigirse. Excelencia, sólo, del sistema, pues no tiene, siquiera, que ser explicado o informado.

 Admirable, afirmo. Algunos de nosotros no aspiramos ya a conocer la gracia de semejante generosidad.

Imaginen … piratas. CVII.

Lo afirmó el hombre:

 – Si un estudiante insulta a un profesor, el estudiante se va del colegio.

 Son exactas las palabras. Grabadas. El hombre era – es – el ideólogo o propietario, valga la redundancia. 

 Fueron después una crisis y una morosidad acentuada. También el insulto presentido. Un ex-sacerdote se haría cargo de la afrenta – disculpen la frivolidad del prefijo, pues no se puede dejar de ser sacerdote -, mudándola en solicitud de indulgencia.

 Bueno, el profesor abandonó el centro privado y el alumno supo de un último año de estudios y de la reiterada ceremonia de navegantes y mares e Ítacas. Una carencia en los discursos, diría: contar al pirata entre los marinos que también da la Excelencia.

Imaginen … Sombra. CVI.

 Lacayo o cómplice, aparecía cuando el micrófono en el ordenador había dejado de transmitir. En un monitor, su amo no inocentemente me mostraría alguna vez la conexión de todos los dispositivos en las aulas con el suyo. Lo he compartido con anterioridad: la extendida presunción dejaba de ser.

 Era desde las lecturas de aquellos mis entonces que yo percibía siniestro al designado técnico informático: figura gris que abandonaba las tinieblas creadas y habitadas por un caudillo de camarote y se deslizaba en la luz para cumplir sus disposiciones, cruzaba el espacio entre puerta y escritorio haciendo oblicuo contacto visual. Siniestro en la doblez, en la obediencia, en la colaboración necesaria y ofrecida. En la sospecha de que acaso supiéramos, en la persuasión de que no. Comprendo ahora la selección de las ropas, el corte de pelo, el tipo de afeitado: no se presta atención a las sombras.

 Francesco Gonsalves. No podía olvidarte, claro. Tu silueta ha sido, sólo, más difícil de advertir destacada en la umbría.

 Desde mis lecturas aquellas, siniestro. Todo, diría: un oscuro señor, unos oscuros servidores que, viles, se ofrecen a seguirle. Peor: a continuarle. Cáspita, quién diría que estuviera escribiendo sobre un colegio privado.

Imaginen … Vis a tergo. CV.

– Miente, …, miente mucho.

 Lo enunció quien con Julian Mathews hubiera trabajado, hasta entonces, unos veinte años.

– Nos dejas. Bueno, seguiré tus pasos en dos años … Julie habrá terminado su último curso para entonces.

 Julian lo declararía ante mí. No supo evitar, antes, sonreír. 

 Cumplido el tiempo de la graduación de la hija, el profesor no abandonaría el centro educativo privado. Una de las imágenes recientemente exhibidas le muestran en pie sobre un peldaño. Vasto, notable, pintado. 

 Disiento, no obstante, de la afirmación de aquel profesor primero: Julian Mathews nunca ha mentido.

Imaginen … el pulso del orden. CIV.


Imaginen un centro educativo, privado, que agrupara a un número de estudiantes no inferior a la cifra de dos mil quinientos. Imaginen ahora que en sus instalaciones, erigidas cara al sol de la Excelencia, apenas se contara un aula con acceso adaptado a personas con diversidad funcional. 

 La Excelencia tiene sus filtros. Éste es otro. 

 Díganlo, no teman: es una depuración. Es ésta su libertad. El rechazo a una niña que precisa de una silla de ruedas para desplazarse es constitutivo. Pero es peor: al menos dos mil quinientas familias creen que una niña que precisa de una silla de ruedas para desplazarse ha de ser purgada. Porque es constitutivo. Cada factura mensual es una cuota de fidelidad para la conservación de la fuente de aquella libertad.

 Imaginen …

Imaginen … Quehacer de vileza. CII.

Permitís, padres y madres, que las fotografías de vuestras hijas se muestren en la portada de la publicación. Permitís que una empresa o colegio privado se publicite en los resultados de las competiciones participadas por ellas. En los trofeos.

Permitís que, para la empresa o colegio privado, vuestros hijos sean el trofeo.

Qué esperar, sin embargo, de quienes han expuesto a su progenie a la vileza del enfrentamiento y la Excelencia.

Kakoû kórakos kakòn ōón.