Imaginen … Quehacer de vileza. CII.

Permitís, padres y madres, que las fotografías de vuestras hijas se muestren en la portada de la publicación. Permitís que una empresa o colegio privado se publicite en los resultados de las competiciones participadas por ellas. En los trofeos.

Permitís que, para la empresa o colegio privado, vuestros hijos sean el trofeo.

Qué esperar, sin embargo, de quienes han expuesto a su progenie a la vileza del enfrentamiento y la Excelencia.

Kakoû kórakos kakòn ōón.

Imaginen … luces negras. XCIII.

Es una empresa. El centro privado, quiero decir. Que la presencia de niños y niñas, de chicos y chicas, de personal en posesión de títulos universitarios vinculados a la instrucción, no divierta su cuidado: es una empresa.

 Usemos algunas luces negras para revelarla: 

 El director general no tiene pasado alguno como docente.

 Quienes poseen títulos universitarios vinculados a la instrucción aceptan la orientación de aquel que no tiene pasado alguno como docente.

 Treinta períodos lectivos en cinco días, grupos de veinticinco alumnos y alumnas, desafían cualquier compromiso con cualquier preparación individualizada.

 La Excelencia sería inviable sin las horas – no remuneradas, claro – ocupadas en la corrección de tareas y preparación de contenidos, por parte de profesores y profesoras, fuera de aquellas recogidas en un contrato.

 Imaginen …

Imaginen … a Eris secreta. XCI.

Papá y mamá creen en la competencia y la temen; la elección de un centro educativo privado para sus vástagos es una pretensión – una vívida ilusión – de controlar la competencia desde la aprensión a ese tipo de sociedad que la misma competencia crea. 

Esta otra disciplina reciben hijos e hijas: dinero es control, dinero es distancia. El bienestar así fabricado permite percibir control y distancia como valores en una sociedad de competencia.