Imaginen … la visión y la misión. LXVII.

Esta historia tampoco la conocéis.

——

 Recibí la llamada durante un viaje en tren; la voz me pedía que, por favor, comprara un árbol para el jardín do su empresa está sita.

 – Tu región es rica en viveros. 

 Pero continuó:

 – ¿ Sabes ? En la Odisea, Homero habla de las bayas que comían los lotófagos, …, y yo creo que son de ese árbol que te he pedido. Quiero plantarlo en la entrada, cerca del caminillo, a la izquierda, …

 Alcancé mi hogar; unos días después, me encontré en un vivero preguntando por el árbol de Homero. Unas semanas después, el árbol se plantaba en el jardín; de pie ante él, junto al hombre que solicitó la compra, inquirí aún. Hallen aquí el equilibrio de la manía: 

 – Las bayas que comían los lotófagos de Homero causan la pérdida de la memoria; los hombres de Odiseo que las probaron, olvidaron todo pasado y sólo deseaban quedarse allí hasta el final de sus días.

 Hallen aquí la visión y la misión.

 ——

 Noten que he callado el nombre del árbol.

Imaginen … un eco a mí debido. LXVI.

Pulso el botón de reproducción en el dispositivo; el sonido no surte inmediatamente. Es la voz del hijo la que distinta se escucha entre el rumor rendido por los otros clientes del bar:

– Mi casa en Madrid es un homenaje a Franco: águilas, efigies, …

Eco cada vez que pulse un botón. Eco porque las palabras hallaron – hallan -, en mí, un obstáculo. Aún. Siempre. Sinonimia en consonante.

Imaginen … el señor de esas tierras. LXV.

 El señor de esas tierras, por Albert Sans.

                                                                

El señor de esas tierras gustaba de ostentar ser el noble que cazaba el mayor número de ciervos. El señor de esas tierras los hacía amontonar en el puente levadizo tendido sobre el foso para que la sangre de los cuerpos tiñera las aguas y condujeran así la nueva de la repetida hazaña.

No obstante.

Inadvertibles entre los troncos de los árboles, en el bosque frente al castillo, solían observar los ciervos exhibidos quienes los habían matado para el señor de esas tierras. Otra tradición del mismo señor les arrancaba la lengua. Finalmente, partían de regreso al poblado. Mas volverían. Para de nuevo cazar y de nuevo depositar los animales muertos donde acababa el bosque frente al castillo. Ya en el poblado, a sus habitantes alcanzaba el eco de los festejos del noble, preguntándose siempre, cada vez, cuál habría de ser la causa.

——

 

El texto El señor de esas tierras fue escrito por Albert Sans tras compartir con él el siguiente párrafo – entonces borrador, ya texto definitivo –:

 Imaginen alumnos y alumnas de un centro privado, recurriendo a profesores y profesoras particulares, a academias de refuerzo escolar, para completar esa educación publicitada por el centro como personalizada, y que ese centro afirmara recoger una cosecha resultado de su solvencia.

Imaginen … Poder dejar de. XLIX.

Imaginen estas últimas palabras en una orden por escrito dejada:

 Así, pasados casi cuarenta y cuatro años de mi defunción e inhumación, mi cadáver se desenterrará y trasladará a la santa tierra de reposo sita en la madrileña localidad de Mingorrubio. A este fin, se hará uso del medio de transporte más pertinente a tan noble fin y …

Imaginen sólo: esto no lo pudo dictar.

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Purdah IV – Imaginen … XLV.

¿ Recuerdan a la mujer que fue el centro de la narración en tres textos anteriores ?

¿ Recuerdan también aquella comunidad de conciencia ? Imaginen ahora, y entre sus miembros, arraigando como la esperanza de un resarcimiento, este desasosiego: quienes en la empresa ocuparan puestos de responsabilidad tales que les permitieran asistir a reuniones, habrían de, al menos, sospechar, que aquellos empleados y aquellas empleadas sin acceso a las reuniones habrían llegado a saber del libro de estilo privado de la empresa.

Mas imaginen que voces de varios miembros de la comunidad de conciencia se hicieran oír:

– No nos delatemos. Ni siquiera apenas. El riesgo para muchas familias es suficiente convicción para no hacerlo. La humillación que sentimos al conocer el contenido de sus reuniones se equilibra con su desconocimiento de este hecho.

– Parece un argumento del miedo a través del pseudo-argumento de un orgullo ficticio.

– Así arguye la supervivencia.

– Así arguye la supervivencia.

Imaginen que, de esta forma, el desasosiego hubiera sido persuadido en absoluto. O no. Imaginen que un miembro de la comunidad de conciencia resolviera que no solamente fuera sospechado su conocimiento de los contenidos de aquellas reuniones exclusivas por quienes a ellas por jerarquía acudieran.

Imaginen.

Purdah III – Imaginen … XLIV.

¿ Recuerdan a la mujer que fue el centro de la narración en dos textos anteriores ?

Imaginen el edificio que a aquella empresa representara. Imaginen a sus empleados y empleadas en tránsito por su interior, sus encuentros resolviéndose en una mirada brumosa, en un movimiento de cabeza, en una cortesía encriptada. Imaginen que entre los empleados y empleadas existiera una jerarquía, digamos del tipo que permitiera o prohibiera la asistencia a una reunión.

Imaginen ahora entre aquellos trabajadores y aquellas trabajadoras a quienes, por aquella jerarquía, se determinaran en funciones subordinadas. Pero que sus miradas, sus movimientos de cabeza, su cortesía, hubieran alterado su cualidad o el código de su significación en el encuentro con quienes, por aquella jerarquía, pudieran ser convocados a reuniones. He aquí, diríase, el motivo: los trabajadores y las trabajadoras en tal edificio de tal empresa habrían recibido y escuchado los registros sonoros que la mujer que fue el centro narrativo de los dos textos anteriores habría recogido en su dispositivo telefónico, mentidamente desconectado, durante su asistencia a aquella reunión; registros sonoros compartidos apenas un día después del acontecimiento donde lo original sonoro se produjera.

Imaginen finalmente a los empleados y empleadas jerárquicamente en relación de subordinación convocando y asistiendo a sus propias reuniones: creando una comunidad de conciencia, desconocida …

… Aún.

Imaginen … a un franquista aniquilando o depurando docentes. XL.

Imaginen a un fascista aniquilando o depurando docentes. Siglo XX. Acaso no sea difícil. Imaginen que la época de la oficialidad de la aniquilación o de la depuración hubiera acabado, mas no así su idea. Entonces, heredada, la idea de la aniquilación y de la depuración de docentes se habría vuelto literaria: la aniquilación es una depuración, la depuración es una aniquilación.

Imaginen a un fascista manteniendo un centro educativo. Privado – adjetivo cuya repetición nunca será suficiente pues refiere cada vez que no hay más atadura que la propia yunta –. Imaginen la depuración de los docentes a través de la herramienta de un salario, del conocimiento de que la opción opuesta a la mantenida por el centro educativo conduciría al desempleo. La ausencia de la libertad expresiva refundaría la libertad de pensamiento y el nervio que las hace valientes. Se teme, entonces, la expresión reveladora; el pensamiento se vuelve romo y su incisión es igual a cero. La contención, la autocensura son la depuración, son la aniquilación. La depuración, la aniquilación, son la idea, la imagen, de que la libertad es el ingenio adaptativo que mantiene el salario y evita el desempleo.

Imaginen la aniquilación o depuración fascistas. Siglo XXI.