Imaginen … al Profesor Valdemoro en el papel de Francisco Franco. XXXII.

Imaginen una empresa y, en ella, una sala de reuniones. Imaginen que en tal habitación se hubieran encontrado empleados y empleadas en la motivación de una convocatoria. Mas imaginen que, abruptamente, entrara otro empleado y, poco después de contemplar a la que consideraría su audiencia, gritara:

¡ Miradme, soy Franco resucitado !

Imaginen que quienes allí estuvieran hilarantes estallaran. Entre ellos y ellas, un empleado, solo, acudiría a consultar la fecha en su reloj: 20 de Noviembre; entonces, el empleado observaría a su compañía y acaso llegaría a preguntarse la procedencia de tal reacción. Acaso concluyera que sólo un propiciado entorno no rechazaría aquella exclamación como inadecuada.

Apenas unas palabras para conocer la luz que dibuja todas las sombras. Verbum sat sapienti est. Una empresa que toleraría tales manifestaciones jocosamente graves por y entre quienes allí se emplearan.

Imaginen que esta empresa fuera un colegio. Privado. Aquel empleado primero, un profesor, cuya autoridad educaría a hijos e hijas con lo dicho, y con lo omitido.

Profesor Valdemoro: persona o máscara de una representación tan real.

Imaginen … ser dos veces niño. XXIX.

Imaginen una empresa que un colegio privado podría ser. En su interior, en una sala, un grupo de personas a quienes no habría reunido el azar. Y entre ellas, a una empleada que, en contemplativa atención, estas palabras escuchara:

– Se va a morir allí arriba.

– Es como un niño. Las rabietas, ahora me encapricho con esto, después dejo de hablarte … En estas manos estamos.

– Tanto cambio es una inseguridad …

– Como un crío, como un crío …

Imaginen a la empleada mirar a través de uno de los ventanales. Hacia el jardín, mas sin verlo. Acaso recordaría que en Hamlet ya se escribió; acaso no sabría que Aristófanes lo afirmó antes: dos veces niños son los ancianos.

Imaginen que la empleada mirara de nuevo hacia el centro de la habitación, un ruego a flor de labios: que no se muera allí arriba …, qué tristeza encontrar muerto a un niño.

Imaginen … la sonrisa y sus dientes. II. XXVIII.

El empleado habló así:

– El presidente me insta a adquirir una vivienda. Insiste hasta la náusea.

La empleada se irguió en su asiento, ladeó la cabeza y miró desde los vértices de los ojos.

– Así es como te compromete. Así es como deber y dócil se asimilan en sinonimia primero. En identidad después. Finalmente en olvido de sinonimia e identificación: imposible la diferenciación.

El empleado asintió. La empleada continuaría.

– Es tarde para mí, para los míos, víctimas de mi miedo. Encadenadas a una vergüenza que no ignorarían aunque me ocupara ocultarla.

La empleada se levantó y salió de la habitación. El empleado escribió las primeras palabras.

Imaginen … la sonrisa y sus dientes. XXVII.

Imaginen una empresa. En ella, imaginen a un empleado que, apenas arribado, recibiera, por parte del presidente, las siguientes preguntas:

– ¿ Y si te compras una casa ?

– Y lo de la casa, ¿ cómo va ?

– ¿ Ya has encontrado una casa ?

El empleado escucharía estas preguntas o sus variantes casi en cada encuentro con el presidente, mostrando éste siempre una sonrisa y exponiendo los argumentos de un beneficio consecuente.

Imaginen escuchar las preguntas durante meses, años. Años. Y al presidente apagando gradualmente la sonrisa en su mueca o ademán. Hasta que, desalentado ante la quizás inesperada resistencia. abandonara su recto propósito.

Imaginen que el presidente ignorara las observaciones realizadas por el empleado durante los años en los que se edificara su rendición: muchos empleados y empleadas de la empresa contaban su experiencia en la empresa por lustros, si no décadas. Empleados y empleadas que, al calor de la nómina, habían adquirido compromisos con nombre de préstamo bancario. Decenas de miles, centenas de miles de euros. Treinta años, treinta y cinco años, veinticinco años de mensual devolución económica.

Imaginen ahora que aquel empleado llegara a saber que cuantos y cuantas allí se habían empleado hubieran descubierto, revelándose en un detalle, la encarnación de la intimidación prefigurada en sombra todos esos años. Los empleados y empleadas observarían tal imagen en humillación, angustia, desamparo: los compromisos se convertían de pronto en trampas a las que se habría accedido voluntariamente: la firma en la documentación de los préstamos no es, efectivamente, la del presidente.

Imaginen a esos empleados y empleadas maldiciendo la trampa voluntaria. Y al presidente; sin motivo, diríase, sin relación con las decisiones en papel consignadas. Empleados y empleadas que paulatinamente habrían sabido que lo que una vez fue cerviz era ya testuz. También, que la misma sonrisa que sirve a la bondad sirve a la advertencia.

Aquel ya no recién llegado empleado acaso intuyera que el presidente habría sabido de sus adquiridos conocimientos. Como si las oficinas de la empresa estuvieran pobladas por inadvertidos micrófonos. Acaso, entonces, aquel abandono del presidente.

El empleado habría sabido, así, dónde estaba el diablo. Cada vez.

Imaginen … Ánthrōpos métron. XXVI.

Imaginen una empresa; imaginen que, al comenzar la hora del almuerzo, quienes en ella se emplearan comenzaran a caminar en dirección al lugar donde el alimento fuera servido, pero que tal lugar correspondiera a otro edificio, algo alejado de las oficinas pero a su mismo terreno perteneciente.

Imaginen ahora que un empleado azarosamente hallara, en la transición que sería el trayecto desde las oficinas hasta el edificio, a otra empleada cuya otra afinidad tampoco fuera disímil en la circunstancia de las silbantes tripas.

Imaginen entre ambos la siguiente conversación:

– ¿ Al comedero te diriges ?

– ¿ Disculpa ? … ¿ Al … ?

Comedero, ¿ tú no lo llamas así ?

– ¿ Al comedor ? No … ¿ Se te ha ocurrido a ti lo de comedero ? Porque …

– No, se lo he escuchado a varios jefes de departamento … Me divierte: comedero.

– Bueno …

– Y es que el sitio de marras no es estrictamente hablando un comedor. Fíjate en esta circulación de personas hacia un mismo punto… Desde otra perspectiva, no sé, desde una cierta altura pareceremos una riada …, o ganado. Sí, comedero es una acertada elección. Por algo la usarán quienes la usan, digo yo.

El empleado y la empleada se separarían a la entrada del comedero. Él o ella en sombría mas no novedosa expresión facial.

Imaginen ahora que esa empresa fuera una institución educativa privada; que quienes así hablaran, docentes, formadores. Y que aquella circulación de personas estuviera compuesta, lindando la totalidad, por alumnos y alumnas.

Comedero es una medida.

Empresas: valles de los caídos.

Es una fórmula: una empresa es una reputación y un nombre o marca; en el mercado, la marca ha tener la impronta del monumento: su imponencia, su ser reconocible. Quienes transitoriamente sean utilizables en una empresa lo harán en el nombre de un proyecto que es identificado con la marca y el producto que es vendido. Mas la potencia consumidora que recibe la marca o el nombre desconoce a los hombres y mujeres que dan su impronta de reconocible al monumento.

Hombres y mujeres que en premura de desalojo marcharán, fugaces: olvido entonces, mas no para el presidente de la compañía, para la directora de la institución, cuyos nombres serán recordados, pues, como la marca, no han de estar expuestos a caducidad.

Caídos y caídas, hombres y mujeres a quienes se trata como a un enemigo – pues locura es la inclinación a un sentir que pueda acusarse de vario – y cuyas vidas han enterrado en un monumento que obviará sus nombres en la grabación, pues unos pocos apenas han de ser los indelebles. Mas el dolor aun multiplicará sus aguijones frente a la imagen de que éste, ellos, ellas, no han tenido significación efectiva, pues otros y otras podrían haber ocupado sus lugares: dolor de haber sido forma para un contenido ajeno, llamado propio en el callejón sin salida de la desesperación o de la edad.

Pero aún hay un triunfo último de las presidentas, de los directores: la sonrisa del moribundo o de la mujer que agoniza en el recuerdo orgulloso de su participación en el monumento.

Miren el valle: caminamos sobre tumbas desconocidas.

Imaginen … la excelencia macular. XXV.

Imaginen una empresa. En ella un pasillo y, en él, dos empleados. Imaginen que uno de ellos comenzara una conversación, en el solo interés del alivio por la palabra:

– ¿ Qué es lo primero que haces después de llegar a casa ?

– Leo – mentiría aquel a quien se dirigiera -. Siempre leo.

– ¿ Lees ? Claro, para intentar alejarte del recuerdo de este lugar … Yo no, … Vas a reírte …, pero yo me ducho, no sé, me voy sintiendo sucio durante el trayecto a casa según va tomado poso mental una imagen unificada de las palabras que he pronunciado, de las cosas que he hecho, de a quién me he dirigido … No, no, no lo digo por ti.

El empleado que así hablara hizo la primera pausa. Corta.

– Ya, sí, lo sé, es pueril, es mala poesía.

Siguió una más larga segunda pausa.

– Pero ya no lloro.

El empleado que había escuchado se preguntó cómo la excelencia publicitada por tal institución empresarial no bendecía a quien para ella trabajaba. Cómo.

Una empresa privada como un colegio: sobrevivir por el veneno que mata.

Imaginen … Streaming live. XXIV.

Imaginen una empresa. A continuación, a su través, esta murmuración: el presidente ha pedido realizar una configuración especial en los ordenadores de todas las zonas comunes, de todos los despachos, de todas las salas de reunión … : los micrófonos de tales aparatos han de hallarse conectados a su ordenador, así que el presidente pueda escuchar cuanto ocurra en zonas comunes y despachos y salas …

Ahora, acompáñenme en un arbitrario paseo por algunos de aquellos lugares y descubran conmigo que varios ordenadores muestran un adhesivo cegando – valga y disculpen la sinestesia – los micrófonos. Imaginen preguntar a las usuarias y a los usuarios de los ordenadores por qué tal alarde de imaginativa decoración. Imaginen escuchar la siguientes palabras: no confía en nadie, es capaz de todo. Nos ha pedido que conectemos los ordenadores tan pronto lleguemos …

Empresa o colegio privado; despacho o aula. Trabajar y tener ignorados espectadores.

Streaming live !

More than nine hours a day !

No money down !

Can you imagine ? !

Imaginen … διαίρει καὶ βασίλευε. XXIII.

Imaginen un despacho en una empresa; oxidado el metal de su ventanal, de ocasión la puerta. En tal habitación, dos empleados en conversación confesional abismados. Habla el más avejentado.

– ¿ Sabes ? Desde donde te hallas sentado, el presidente me habló y me reveló su divisa: ‘Divide y vence‘. Y así continuó:

Esta compañía es inmensa, tiene muchos trabajadores, muchos … Que sospechen unos de otros tiene el efecto del autocontrol, de la persona, del grupo … que es un control como yo jamás podría ejercer directamente … con tanta efectividad. ‘

Imaginen que tal empresa fuera un colegio calificable de privado. Imagínenlo como un panóptico y su solvencia.

Imaginen … el embarazo del embarazo. XXII.

Imaginen una empresa. Imaginen que su presidente y su Departamento de Recursos Humanos no gustaran de la contratación de mujeres pues, dada la eventualidad de un embarazo, calcularan que éste causaría un inconveniente logístico. No obstante, un mínimo número de mujeres habría de ser contratado.

Imaginen que aquella eventualidad se hiciera efectiva: una, dos, tres empleadas estarían en estado de buena esperanza. Imaginen que, claro, presidente y Departamento de Recursos Humanos, torcieran el gesto en contrariado mohín.

Ahora, imaginen, en tal empresa, un lugar de recreo. En él, un empleado saciando su sed en el agua de un surtidor. Mas, de pronto, y apareciendo inimaginadamente el presidente en tal lugar, éste dirigiera estas palabras a aquél:

– Oye, cuidado con beber agua de ahí, que te quedas embarazado.

Imaginen la expresión anonadada de un empleado que un profesor de un colegio privado podría ser.

Viernes, 9 de Marzo de 2018: día uno.

Imaginen …