Imaginen … el bicho humano. LXXXVI.

Acto LXXXVI – En tercera persona.

Si no supiera que sois apóstatas, no os habría ofrecido el sacerdocio. Profesión lo llama.

No olvidéis que ya os detestaba antes de conoceros. En privado, ahora, porque primero en público.

El bicho humano, nos llama.

 Imaginen …

Imaginen … esta náusea. LXXXV. Críticas a la ‘influencer’ Marina Yers por normalizar la bulimia: ”Me encanta vomitar” – En elplural.com

Estimada Ángela,

Gracias por tu mensaje. Me has solicitado que te responda en el mismo blog, para poder compartirlo, y así lo hago.

Sí, llegué a conocer a la alumna; fui profesor de su hermana, que ya comenzaba el primer curso de Secundaria.

Como afirmas, en el centro los desórdenes alimentarios son parte del paisaje y diría que los profesores y las profesoras son corresponsables pues, a cambio de no abonar cantidad alguna – aún – por su almuerzo de las 14:30, han de cuidar de que, en el comedor, todos los alumnos y todas las alumnas coman adecuadamente. De encontrase con protestas y/o rechazo han de comunicarlo a los tutores o a las tutoras para que las familias, a su vez, sean informadas. Pero no ocurre: ‘venga, bueno, pero come un poco del otro plato’ o ‘vale, pero mañana todo’ … se escucha regularmente. Y ahí se queda. Un profesor del centro cuenta, sonriendo satisfecho, que hace casi veinte años obligó a un alumno a terminar un plato de pasta, que fue denunciado y llevado a juicio. Evidentemente, se le fue la mano. Pero algo de esto hay entre el personal docente que almuerza en el centro: ‘a ver si me van a meter a mí en un lío por pedirles que se acaben los chícharos’.

Bueno. Aquella alumna, entonces en el último curso de Bachillerato, padecía un trastorno de la conducta alimentaria ( TCA ) y aún necesita tomar medicamentos para poder digerir casi todo alimento.

Comparto un artículo de Cynthia Coiduras Iglesias, publicado hoy en elplural.com: Críticas a la ‘influencer’ Marina Yers por normalizar la bulimia: ”Me encanta vomitar’:

https://www.elplural.com/visto-en-la-red/criticas-marina-yers-normalizar-bulimia-me-encanta-vomitar_270188102

Gracias de nuevo, Ángela, y un saludo.

Imaginen … la contingencia absoluta. LXXVIII.

En realidad, secuenciados los elementos plan de un crimen, ejecución de un crimen, investigación policial y justicia, la policía siempre aparece cuando ya se ha dado un cadáver. El viviente necesita, como verdad del diario quehacer, la seguridad de la justicia como verdad del diario quehacer. Parte del mecanismo, es la justicia una aspiración sólo. Y es la solidez de la aspiración aquella seguridad.

Si este mi cuerpo no ha aparecido, aún, sin pulso en una calle, es porque un plan no ha sido ejecutado. Mas puede serlo. Y entonces la policía aparecerá cuando sea puesta en aviso. Y la justicia habrá sido una aspiración que quien ha ejecutado el crimen ha secuenciado en primer lugar.

Imaginen

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Extraído de la obra Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth, de George C. de Lantenac, en traducción de Albert Sans. Su reproducción en este blog se hace con el consentimiento expreso del traductor, cuyos derechos de autor están registrados.

Imaginen … la visión y la misión. LXVII.

Esta historia tampoco la conocéis.

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 Recibí la llamada durante un viaje en tren; la voz me pedía que, por favor, comprara un árbol para el jardín do su empresa está sita.

 – Tu región es rica en viveros. 

 Pero continuó:

 – ¿ Sabes ? En la Odisea, Homero habla de las bayas que comían los lotófagos, …, y yo creo que son de ese árbol que te he pedido. Quiero plantarlo en la entrada, cerca del caminillo, a la izquierda, …

 Alcancé mi hogar; unos días después, me encontré en un vivero preguntando por el árbol de Homero. Unas semanas después, el árbol se plantaba en el jardín; de pie ante él, junto al hombre que solicitó la compra, inquirí aún. Hallen aquí el equilibrio de la manía: 

 – Las bayas que comían los lotófagos de Homero causan la pérdida de la memoria; los hombres de Odiseo que las probaron, olvidaron todo pasado y sólo deseaban quedarse allí hasta el final de sus días.

 Hallen aquí la visión y la misión.

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 Noten que he callado el nombre del árbol.

Imaginen … el señor de esas tierras. LXV.

 El señor de esas tierras, por Albert Sans.

                                                                

El señor de esas tierras gustaba de ostentar ser el noble que cazaba el mayor número de ciervos. El señor de esas tierras los hacía amontonar en el puente levadizo tendido sobre el foso para que la sangre de los cuerpos tiñera las aguas y condujeran así la nueva de la repetida hazaña.

No obstante.

Inadvertibles entre los troncos de los árboles, en el bosque frente al castillo, solían observar los ciervos exhibidos quienes los habían matado para el señor de esas tierras. Otra tradición del mismo señor les arrancaba la lengua. Finalmente, partían de regreso al poblado. Mas volverían. Para de nuevo cazar y de nuevo depositar los animales muertos donde acababa el bosque frente al castillo. Ya en el poblado, a sus habitantes alcanzaba el eco de los festejos del noble, preguntándose siempre, cada vez, cuál habría de ser la causa.

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El texto El señor de esas tierras fue escrito por Albert Sans tras compartir con él el siguiente párrafo – entonces borrador, ya texto definitivo –:

 Imaginen alumnos y alumnas de un centro privado, recurriendo a profesores y profesoras particulares, a academias de refuerzo escolar, para completar esa educación publicitada por el centro como personalizada, y que ese centro afirmara recoger una cosecha resultado de su solvencia.

Carl Sandburg ( 1878 – 1967 ): Bones.

BONES 

Sling me under the sea. 
Pack me down in the salt and wet. 
No farmer's plow shall touch my bones. 
No Hamlet hold my jaws and speak 
How jokes are gone and empty is my mouth. 
Long, green-eyed scavengers shall pick my eyes,
Purple fish play hide-and-seek, 
And I shall be song of thunder, crash of sea, 
Down on the floors of salt and wet. 
       Sling me . . . under the sea.

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Extraído de la publicación Others for 1919, Nicholas L. Brown, New York, 1920.

Imaginen … Herem. LXI.

Herem.

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Bastaron las referencias de los nombres y una escena para que se trazara el drama que sólo la aprensión prescribe. Así se cumplió el herem. La conminación fue nítida: los ilotas sabían – saben – que en tu teatro no hay diferencia entre actor y espectador. Y que hasta entonces les había correspondido la platea.