Invidia.

Invidia recoge los textos clasificados como Imaginen … en joaquinplana.wordpress.com y numerados de LXI a LXX. El volumen contiene, además, cinco haikús puros no aparecidos hasta ahora.

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Invidia es el quinto volumen de la serie Imaginen …, a la que también pertenecen las obras Cueva de Ilotas Exánimes, Extenuación por la Implacable Sosa, Purdah y La piedra de Heráclea.

Imaginen … el sueño. LXX.



Me has escrito que, tras descubrirte, usó a su familia para evitarse un saludo. En una calle de Siviglia. Bueno, Julian Mathews es un hombre con un plan o con la imagen de un plan o con la creencia en un plan; su emoción lo hace ser percibido lógico – tan poderosa en justificación que es límpida obviada -. De la misma matriz, el sueño.

El enigma de Julian es la proyección de la imagen del enigma de Julian. Sólo.

Que lo ocurrido no te impida dormir, como a él se lo impide.

Imaginen … el cimiento de un proyecto. LXIX.


Yo no desconocía que desde la recientemente construida prolongación de la base de operaciones se dominaba una extensión apenas visualmente estorbada. Desde donde nosotros nos encontrábamos se observaba la barata estructura de cristal y metales. Fue allí que comuniqué la noticia al mendaz profesor; pronunciadas las palabras, el educador levantó la cabeza y, frunciendo el entrecejo, miró hacia el mísero compartimento allá en el segundo piso del edificio central; segundos después, me arrastraba fuera de cualquier percepción desde él.

La recelosa criatura me saludó fría y humanamente por última vez y, compasivo, me alejé de ella. De ésa cuya pronunciación de consonantes le negaría selectiva ser inquilina de despacho.

Me alejaba del cimiento del proyecto.

Imaginen … un criadero de serpientes. LXVIII.


Lo afirmé:

– Es una serpiente.

La directora no hizo pausa:

– Bueno, pues si es una serpiente, es nuestra serpiente: la hemos criado nosotros.

La serpiente se quedaría. Mis reuniones clandestinas con los padres de la serpiente ya se estaban programando, no obstante. Alrededor de las siete en punto de la tarde, cuando sólo el otro dueño de la empresa aún permanecía en el edificio, mas demasiado confiado en su camarote imaginado. En mi despacho, el micrófono inoperante en el ordenador desconectado.

La serpiente se quedaría, con su memoria a corto plazo actualizada en mi presencia. Fui enfrentado por ello:

– ¿ Pudiste echarlo ?

Reproduje entonces la conversación con la directora. Quien me preguntara sí hizo una pausa:

– Tendrías que haberlo echado.

No supe responderle. Acaso podría haberlo hecho con la información sobre el tiempo del proyecto educativo privado que muestra la publicidad de la empresa.

– Esto es un criadero.

Añadir.


Imaginen … la visión y la misión. LXVII.

Esta historia tampoco la conocéis.

——

 Recibí la llamada durante un viaje en tren; la voz me pedía que, por favor, comprara un árbol para el jardín do su empresa está sita.

 – Tu región es rica en viveros. 

 Pero continuó:

 – ¿ Sabes ? En la Odisea, Homero habla de las bayas que comían los lotófagos, …, y yo creo que son de ese árbol que te he pedido. Quiero plantarlo en la entrada, cerca del caminillo, a la izquierda, …

 Alcancé mi hogar; unos días después, me encontré en un vivero preguntando por el árbol de Homero. Unas semanas después, el árbol se plantaba en el jardín; de pie ante él, junto al hombre que solicitó la compra, inquirí aún. Hallen aquí el equilibrio de la manía: 

 – Las bayas que comían los lotófagos de Homero causan la pérdida de la memoria; los hombres de Odiseo que las probaron, olvidaron todo pasado y sólo deseaban quedarse allí hasta el final de sus días.

 Hallen aquí la visión y la misión.

 ——

 Noten que he callado el nombre del árbol.

Imaginen … un eco a mí debido. LXVI.

Pulso el botón de reproducción en el dispositivo; el sonido no surte inmediatamente. Es la voz del hijo la que distinta se escucha entre el rumor rendido por los otros clientes del bar:

– Mi casa en Madrid es un homenaje a Franco: águilas, efigies, …

Eco cada vez que pulse un botón. Eco porque las palabras hallaron – hallan -, en mí, un obstáculo. Aún. Siempre. Sinonimia en consonante.

Imaginen … el señor de esas tierras. LXV.

 El señor de esas tierras, por Albert Sans.

                                                                

El señor de esas tierras gustaba de ostentar ser el noble que cazaba el mayor número de ciervos. El señor de esas tierras los hacía amontonar en el puente levadizo tendido sobre el foso para que la sangre de los cuerpos tiñera las aguas y condujeran así la nueva de la repetida hazaña.

No obstante.

Inadvertibles entre los troncos de los árboles, en el bosque frente al castillo, solían observar los ciervos exhibidos quienes los habían matado para el señor de esas tierras. Otra tradición del mismo señor les arrancaba la lengua. Finalmente, partían de regreso al poblado. Mas volverían. Para de nuevo cazar y de nuevo depositar los animales muertos donde acababa el bosque frente al castillo. Ya en el poblado, a sus habitantes alcanzaba el eco de los festejos del noble, preguntándose siempre, cada vez, cuál habría de ser la causa.

——

 

El texto El señor de esas tierras fue escrito por Albert Sans tras compartir con él el siguiente párrafo – entonces borrador, ya texto definitivo –:

 Imaginen alumnos y alumnas de un centro privado, recurriendo a profesores y profesoras particulares, a academias de refuerzo escolar, para completar esa educación publicitada por el centro como personalizada, y que ese centro afirmara recoger una cosecha resultado de su solvencia.