Imaginen … C.

Torturador, violador, maltratador, acosador, abusador, verdugo, asesino: que en tu lecho último irrumpa la incertidumbre y sea ella semilla fecunda en angustia.

George C. de Lantenac, Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth.
Traducción y derechos de la traducción: Albert Sans. El texto se reproduce con su expreso consentimiento.

No obstante, maltratador no aparece en el texto original de George C. de Lantenac; tampoco en la traducción de Albert Sans.

George C. de Lantenac – Un dios temprano.

Un dios temprano.

Un niño levanta un castillo de arena; acabado, pronto observa cómo las aguas de un mar lo reducen a ruina y la esparcen. Otros días verán al niño anudar fatalidad, levantar otros castillos que otras y las mismas aguas derrotarán.

Acaso vuestro dios es un dios temprano. No niego que exista; niego que sepa, sin cuidado de aprendizaje alguno, lo que está haciendo. 

En Ensayo sobre la Muerte de Jesús de NazarethGeorge C. de Lantenac.

Traducción y derechos: Albert Sans ( el texto se reproduce en este blog con su expreso consentimiento ).

Aitía: el suicidio.

 

Aitía: el suicidio.

Jehová disipó la presunción de la omnisciencia. Fue el Cristo y supo sólo entonces que ser hombre es horrible. Fue así que inclinó su pasos hacia la detención del pulso y del hálito. Manual del suicidio. Pero aceptó la tortura.

Huyó.

En la Cruz, el hombre emocionó abandono y a su través Jehová mostró su humanidad: mintió para mover a piedad hacia Él, y, por Él, hacia los hombres.

 

George  C.  de Lantenac, Ensayo sobre la muerte de Jesús de Nazareth. Traducción de Albert Sans; texto reproducido con su expreso consentimiento.

 

 

George C. de Lantenac – Un barco en un jardín.

Un barco en un jardín.

Las instituciones sustentadas con capital privado que rechazan una evaluación externa de la organización de sus programas se mienten objetividad en la subjetividad retroalimentada que llama libertad a lo arbitrario no contrastado. Es un estado absoluto cuyo principio es una oposición en la forma de una negación de verosimilitud a otras lógicas. La ausencia de reconocimiento de una relación positiva dialéctica – dialéctica ciega -, la imposibilidad de principio de ser cuestionadas, tiene la consecuencia de apuntalar la razón de la objetividad ficticia de las instituciones.

La dialéctica ciega y autocomplaciente es un barco construido para decorar un jardín. No sabe del mar y de sus olas, mas su artesano ha imaginado los elementos sólo para crearlo altivo a su respecto. De ellos vencedor siempre. La convicción literaria, su fe, no sabe ceder.

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La reproducción del texto de George C. de Lantenac se realiza con el expreso consentimiento del traductor de la obra Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth, Albert Sans.

Imaginen … esta hostia. XXXIII.

Imaginen una empresa. Imaginen que tuviera una presidenta la cual, cuando fuera preguntada por cuál sería el objetivo de éxito de su institución, afirmara:

– Querría el mismo éxito que el de la Iglesia Católica … una empresa con dos mil años de historia.

Imaginen la ambición.

Y la astucia.

En esa respuesta se recogería la idea de la fe: la presidenta parecería creer en que el éxito de una empresa depende de la fidelización de una clientela que es creyente en un producto. Ahora imaginen que, a continuación, la presidenta señalara las infecciones que han hecho de aquella Iglesia Católica motivo moral de repudio o burla – no siendo la menor de ellas la de sus miembros -.

Mas, ¿ y si la empresa de esa presidenta fuera un colegio privado ? Imaginen. Se diría que tal presidenta anhela el éxito de la fe, de la religión que convierte en defensora a su parroquia. Al tiempo, las aladas palabras sobre la moralidad de la Iglesia Católica y sus miembros serían la manifestación de la competencia de mercado y de un reconocimiento: mi colegio privado es una empresa, aunque en otros términos se publicite. También, dada su experiencia en el descubrimiento y visión de las infecciones ajenas, la presidenta sería capaz de reconocer a los infectados miembros de su plantilla. No obstante, como en la empresa Iglesia Católica, la corrupción de su propia mantendría su economía. Y entonces se vigilaría … para obviarla.

Así, una presidenta o una directora de almas, a cambio de un diezmo voluntario. Dejen que los niños vengan a mí. Y a la vista de sus progenitores, que hasta allí los han conducido, sacrificados en el altar de la fe económica: tal mi inversión, tales mis beneficios. Sería el triunfo de la creencia en un más allá de gracia … laboral. Paraíso cuya promesa bastaría a los progenitores porque la esperanza y su realidad habrían sido infectadas por otras iglesias que harían de lo económico el depósito material de la bienaventuranza inmaterial.

Hermanos y hermanas en la fe de otros cielos propicios: he aquí vuestra hostia.

Imaginen … Ánthrōpos métron. XXVI.

Imaginen una empresa; imaginen que, al comenzar la hora del almuerzo, quienes en ella se emplearan comenzaran a caminar en dirección al lugar donde el alimento fuera servido, pero que tal lugar correspondiera a otro edificio, algo alejado de las oficinas pero a su mismo terreno perteneciente.

Imaginen ahora que un empleado azarosamente hallara, en la transición que sería el trayecto desde las oficinas hasta el edificio, a otra empleada cuya otra afinidad tampoco fuera disímil en la circunstancia de las silbantes tripas.

Imaginen entre ambos la siguiente conversación:

– ¿ Al comedero te diriges ?

– ¿ Disculpa ? … ¿ Al … ?

Comedero, ¿ tú no lo llamas así ?

– ¿ Al comedor ? No … ¿ Se te ha ocurrido a ti lo de comedero ? Porque …

– No, se lo he escuchado a varios jefes de departamento … Me divierte: comedero.

– Bueno …

– Y es que el sitio de marras no es estrictamente hablando un comedor. Fíjate en esta circulación de personas hacia un mismo punto… Desde otra perspectiva, no sé, desde una cierta altura pareceremos una riada …, o ganado. Sí, comedero es una acertada elección. Por algo la usarán quienes la usan, digo yo.

El empleado y la empleada se separarían a la entrada del comedero. Él o ella en sombría mas no novedosa expresión facial.

Imaginen ahora que esa empresa fuera una institución educativa privada; que quienes así hablaran, docentes, formadores. Y que aquella circulación de personas estuviera compuesta, lindando la totalidad, por alumnos y alumnas.

Comedero es una medida.

Imaginen … la excelencia macular. XXV.

Imaginen una empresa. En ella un pasillo y, en él, dos empleados. Imaginen que uno de ellos comenzara una conversación, en el solo interés del alivio por la palabra:

– ¿ Qué es lo primero que haces después de llegar a casa ?

– Leo – mentiría aquel a quien se dirigiera -. Siempre leo.

– ¿ Lees ? Claro, para intentar alejarte del recuerdo de este lugar … Yo no, … Vas a reírte …, pero yo me ducho, no sé, me voy sintiendo sucio durante el trayecto a casa según va tomado poso mental una imagen unificada de las palabras que he pronunciado, de las cosas que he hecho, de a quién me he dirigido … No, no, no lo digo por ti.

El empleado que así hablara hizo la primera pausa. Corta.

– Ya, sí, lo sé, es pueril, es mala poesía.

Siguió una más larga segunda pausa.

– Pero ya no lloro.

El empleado que había escuchado se preguntó cómo la excelencia publicitada por tal institución empresarial no bendecía a quien para ella trabajaba. Cómo.

Una empresa privada como un colegio: sobrevivir por el veneno que mata.

Imaginen … Streaming live. XXIV.

Imaginen una empresa. A continuación, a su través, esta murmuración: el presidente ha pedido realizar una configuración especial en los ordenadores de todas las zonas comunes, de todos los despachos, de todas las salas de reunión … : los micrófonos de tales aparatos han de hallarse conectados a su ordenador, así que el presidente pueda escuchar cuanto ocurra en zonas comunes y despachos y salas …

Ahora, acompáñenme en un arbitrario paseo por algunos de aquellos lugares y descubran conmigo que varios ordenadores muestran un adhesivo cegando – valga y disculpen la sinestesia – los micrófonos. Imaginen preguntar a las usuarias y a los usuarios de los ordenadores por qué tal alarde de imaginativa decoración. Imaginen escuchar la siguientes palabras: no confía en nadie, es capaz de todo. Nos ha pedido que conectemos los ordenadores tan pronto lleguemos …

Empresa o colegio privado; despacho o aula. Trabajar y tener ignorados espectadores.

Streaming live !

More than nine hours a day !

No money down !

Can you imagine ? !

Imaginen … διαίρει καὶ βασίλευε. XXIII.

Imaginen un despacho en una empresa; oxidado el metal de su ventanal, de ocasión la puerta. En tal habitación, dos empleados en conversación confesional abismados. Habla el más avejentado.

– ¿ Sabes ? Desde donde te hallas sentado, el presidente me habló y me reveló su divisa: ‘Divide y vence‘. Y así continuó:

Esta compañía es inmensa, tiene muchos trabajadores, muchos … Que sospechen unos de otros tiene el efecto del autocontrol, de la persona, del grupo … que es un control como yo jamás podría ejercer directamente … con tanta efectividad. ‘

Imaginen que tal empresa fuera un colegio calificable de privado. Imagínenlo como un panóptico y su solvencia.

George C. de Lantenac – La esencia como apelación del autoritarismo al autoritarismo: el discurso hipostático.

 

La esencia como apelación del autoritarismo al autoritarismo: el discurso hipostático.

 

 Apelar a la naturaleza es apelar a lo fijo y a lo variable finito o controlable. En ella, y a diferencia de la semilla, la sangre o la raíz, la esencia es más literaria, no meramente una comprensión desplazada. La esencia es un vacío como un dios que no responde cuando es interpelado: ha de llenarse, y se llena del contenido de lo experimentado y de su emoción. Ello necesita de una creencia previa: la de la individualidad. Así, lo abstracto se ha concretado en un concepto; lo único separado pero accesible y permeable: una mónada sociable. Tal dialéctica de lo uno entre todos, supura lo distinto: el tirano crece romántico e infantil.

 Así, apelar a la esencia es apelar a la salvación de un ámbito llamado yo. Donde el individuo sólo es una percepción, un flujo aquietado para un uso de orden en el reconocimiento – constructo de la otredad–, aparece la aspiración al imperio del yo atenido a otro concepto: el de la mismidad. La mediada adhesión al reflejo crea la propiedad, y la propiedad conlleva una responsabilidad. Ahí surge la salvación: nada más propio que esas emociones que crean un marco. La esencia se acaba por limitar: yo soy la esencia. En su fundación, el límite-yoesencia no es sinónimo de defensa: es la defensa misma.

 Quien apela a la esencia, así, apela al contra todo y todos que no sean esos sentimientos. Se invita a la voracidad, a la competencia. Es el triunfo de la religión de la individualidad personificada – Capitalismo, Cristianismo –: el ser humano individualizado da contenido al dios y lo define. Es la religión del dios-yo cuando la esencia tiene tantas definiciones como experiencias distintas le dan referencia.

 Por ello, teman a quien remita a la esencia: es un sacerdote que apunta a la responsabilidad de ustedes en relación a una idea no identificable sólo perceptible en la convicción, la cual crea identidad o individuo. Y ustedes serán manipulables, manufacturables, moldeables, pues algo que es porque se dice que es, puede ser cualquier cosa. Y ustedes serán útiles de un propósito que creerán propio, pero que depende de un plan previo.

 Huyan de los rectores de la esencia: buscan su disolución en la uniformidad de la militancia, de la feligresía. No les quieren diferentes o libres, pues la libertad no cabe en el límite, a menos que sea un concepto. Sólo quieren que crean en una diferencia o una libertad.

 El número de creyentes confirmará razón al plan y la razón del plan organizará su lógica. La tiranía del yo es ahora compartida en la común creencia en la esencia: la comunidad se ha establecido, la evidencia permea todo hábito. Lo autoritario tiene patente de corso.

 Autoritarismo: estructura de su fe.

 

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 La reproducción del texto de George C. de Lantenac se realiza con el expreso consentimiento del traductor de la obra Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth, Albert Sans.