Hakim Iqbal – Hijos de un mismo padre.


Hijos de un mismo padre.

Tú odias

a ese hombre

porque sus ideas

son diferentes

a las tuyas.

Has olvidado

que tu dios

llama hermanos

a los hombres

y que

para tu dios

los hermanos

no son ideas.

——

© Joaquín C. Plana. Traducción del Urdu.

Imaginen … piratas. CVII.

Lo afirmó el hombre:

 – Si un estudiante insulta a un profesor, el estudiante se va del colegio.

 Son exactas las palabras. Grabadas. El hombre era – es – el ideólogo o propietario, valga la redundancia. 

 Fueron después una crisis y una morosidad acentuada. También el insulto presentido. Un ex-sacerdote se haría cargo de la afrenta – disculpen la frivolidad del prefijo, pues no se puede dejar de ser sacerdote -, mudándola en solicitud de indulgencia.

 Bueno, el profesor abandonó el centro privado y el alumno supo de un último año de estudios y de la reiterada ceremonia de navegantes y mares e Ítacas. Una carencia en los discursos, diría: contar al pirata entre los marinos que también da la Excelencia.

Imaginen … Sombra. CVI.

 Lacayo o cómplice, aparecía cuando el micrófono en el ordenador había dejado de transmitir. En un monitor, su amo no inocentemente me mostraría alguna vez la conexión de todos los dispositivos en las aulas con el suyo. Lo he compartido con anterioridad: la extendida presunción dejaba de ser.

 Era desde las lecturas de aquellos mis entonces que yo percibía siniestro al designado técnico informático: figura gris que abandonaba las tinieblas creadas y habitadas por un caudillo de camarote y se deslizaba en la luz para cumplir sus disposiciones, cruzaba el espacio entre puerta y escritorio haciendo oblicuo contacto visual. Siniestro en la doblez, en la obediencia, en la colaboración necesaria y ofrecida. En la sospecha de que acaso supiéramos, en la persuasión de que no. Comprendo ahora la selección de las ropas, el corte de pelo, el tipo de afeitado: no se presta atención a las sombras.

 Francesco Gonsalves. No podía olvidarte, claro. Tu silueta ha sido, sólo, más difícil de advertir destacada en la umbría.

 Desde mis lecturas aquellas, siniestro. Todo, diría: un oscuro señor, unos oscuros servidores que, viles, se ofrecen a seguirle. Peor: a continuarle. Cáspita, quién diría que estuviera escribiendo sobre un colegio privado.

Hermano.


Hermano.

 Caminaba junto a mi compañera por la acera. Yo sujetaba el teléfono con varios dedos de mi mano derecha mientras ella llevaba el suyo en un bolsillo del pantalón. Fue de pronto que escuchamos una voz que a mí se dirigía y acercaba y que me hizo girar la cabeza y ralentizar el paso para caminar al lado de su emisor:

– Hermano, no sostengas el teléfono tan despreocupadamente y tan cerca de la carretera. En esta ciudad, los jóvenes no saben ganarse la vida.

 No habló en el idioma que uso para escribir este texto. Le agradecí sus palabras y le observé alcanzar la altura de mi compañera – que tampoco había dejado de caminar – y superarla. Un hombre, no ya joven, pulcras las ropas. Tomó un callejón y en su penumbra ya no supe descubrirle.

 Conmovido – yo – fue la impresión de que brotaba una justificación – inmediata, diría, pues acaso buscada o esperada -: toda la porquería que mis ojos han visto en esta ciudad – en este país – ha aguardado la apelación de un hombre en la cual, si creyera en la memoria, afirmaría que se creó un recuerdo.

 Mi compañera se había detenido y me esperaba. En un bolsillo de mi pantalón el teléfono.

——

( … ) toda la porquería que mis ojos han visto es una traducción – espero – al Español de all the filth my eyes have seen, parte de un verso incluido en la canción For all compuesta e interpretada por el músico noruego Roy Khan.