Imaginen … el bicho humano. LXXXVI.

Acto LXXXVI – En tercera persona.

Si no supiera que sois apóstatas, no os habría ofrecido el sacerdocio. Profesión lo llama.

No olvidéis que ya os detestaba antes de conoceros. En privado, ahora, porque primero en público.

El bicho humano, nos llama.

 Imaginen …

Imaginen … la permanencia de la corriente. LXXXIV.

Si observan, esta fotografía aquieta agua que manaba de varios surtidores; imagen también el agua que yace. Agua brotada, ida. La identidad imposibilitada. Cerca, detrás diría, la fotografía muestra un águila fijada en piedra. Quienes contemplaren agua y águila unirán un movimiento, una continuidad, de conocer previamente sustancia y ave. Unirán flujo, afirmaría que vitalidad.

Un águila tallada sobre un monumento en un jardín. Percepción de vigor por la piedra prestado. Permanencia de la corriente.

Diaria educación de cientos de visitantes. Siglo XXI: la epidemia que no cesa.

Jardines de Murillo, ciudad de Sevilla. Junio de 2021.

Imaginen … Sin personificación no hay miedo. LXXX.

Más de una década ha que permanece, no adverso al retiro, mas sí a sus semas connotadores. 

 Afirmaría que sólo dos motivaciones acuerdan la continuidad de vuestro dador de recta: la deteriorada confianza que alguna vez se ha dicho tener en vuestras capacidades no docentes y la descreencia primera en el proyecto, pues ha imaginado que su ausencia retirará, agente, la pantalla y en los haces de luz sin destino de la linterna mágica se mostrará que es sólo un mecanismo y, su ruido, lo latente.

 Bueno, también teme al tiempo. Al. Sin personificación no hay miedo. Pues imagina también un arquetipo de consecución y hacia él calcula dirigirse para equilibrar lo inevitable muerto. En la desesperación que espera se cierra su dialéctica.

 Afirmaría ahora que sólo hay una motivación, ido ya en la pérdida anticipada.

 Añadan otro círculo a su infierno.

Imaginen … la contingencia absoluta. LXXVIII.

En realidad, secuenciados los elementos plan de un crimen, ejecución de un crimen, investigación policial y justicia, la policía siempre aparece cuando ya se ha dado un cadáver. El viviente necesita, como verdad del diario quehacer, la seguridad de la justicia como verdad del diario quehacer. Parte del mecanismo, es la justicia una aspiración sólo. Y es la solidez de la aspiración aquella seguridad.

Si este mi cuerpo no ha aparecido, aún, sin pulso en una calle, es porque un plan no ha sido ejecutado. Mas puede serlo. Y entonces la policía aparecerá cuando sea puesta en aviso. Y la justicia habrá sido una aspiración que quien ha ejecutado el crimen ha secuenciado en primer lugar.

Imaginen

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Extraído de la obra Ensayo sobre la Muerte de Jesús de Nazareth, de George C. de Lantenac, en traducción de Albert Sans. Su reproducción en este blog se hace con el consentimiento expreso del traductor, cuyos derechos de autor están registrados.

Imaginen … la visión y la misión. LXVII.

Esta historia tampoco la conocéis.

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 Recibí la llamada durante un viaje en tren; la voz me pedía que, por favor, comprara un árbol para el jardín do su empresa está sita.

 – Tu región es rica en viveros. 

 Pero continuó:

 – ¿ Sabes ? En la Odisea, Homero habla de las bayas que comían los lotófagos, …, y yo creo que son de ese árbol que te he pedido. Quiero plantarlo en la entrada, cerca del caminillo, a la izquierda, …

 Alcancé mi hogar; unos días después, me encontré en un vivero preguntando por el árbol de Homero. Unas semanas después, el árbol se plantaba en el jardín; de pie ante él, junto al hombre que solicitó la compra, inquirí aún. Hallen aquí el equilibrio de la manía: 

 – Las bayas que comían los lotófagos de Homero causan la pérdida de la memoria; los hombres de Odiseo que las probaron, olvidaron todo pasado y sólo deseaban quedarse allí hasta el final de sus días.

 Hallen aquí la visión y la misión.

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 Noten que he callado el nombre del árbol.

Imaginen … el señor de esas tierras. LXV.

 El señor de esas tierras, por Albert Sans.

                                                                

El señor de esas tierras gustaba de ostentar ser el noble que cazaba el mayor número de ciervos. El señor de esas tierras los hacía amontonar en el puente levadizo tendido sobre el foso para que la sangre de los cuerpos tiñera las aguas y condujeran así la nueva de la repetida hazaña.

No obstante.

Inadvertibles entre los troncos de los árboles, en el bosque frente al castillo, solían observar los ciervos exhibidos quienes los habían matado para el señor de esas tierras. Otra tradición del mismo señor les arrancaba la lengua. Finalmente, partían de regreso al poblado. Mas volverían. Para de nuevo cazar y de nuevo depositar los animales muertos donde acababa el bosque frente al castillo. Ya en el poblado, a sus habitantes alcanzaba el eco de los festejos del noble, preguntándose siempre, cada vez, cuál habría de ser la causa.

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El texto El señor de esas tierras fue escrito por Albert Sans tras compartir con él el siguiente párrafo – entonces borrador, ya texto definitivo –:

 Imaginen alumnos y alumnas de un centro privado, recurriendo a profesores y profesoras particulares, a academias de refuerzo escolar, para completar esa educación publicitada por el centro como personalizada, y que ese centro afirmara recoger una cosecha resultado de su solvencia.